Las Malvinas Argentinas

Las Malvinas Argentinas

Temporal

Relato inédito de Luis Mey. Su última novela es “Los pájaros de la tristeza”

Mi vieja, que era medio bruja, lo supo siempre: “¿Ganamos la guerra? No, nene. Perdimos”. Y siempre quedaba en el ojo de la tormenta porque, claro, ganamos, y cuando se gana se gana y no se discute, y si se discute algo así se lo reprime, por eso mamá decía las cosas con la voz bien bajita, de entrecasa. Cuando perdimos el partido contra Inglaterra, en México, ella lo dijo: “Si perdíamos la guerra, era el partido para que Maradona explote, pero sin motivación…”. Y así con todo. Sí, lo sé, a muchos les parecía extraño que, a pesar de ganar, no se pudiera ir a las islas, pero los militares dijeron siempre que, primero, había que prepararla, dejarla perfecta después de semejante conflicto. Y todos lo aceptaron porque, claro, no aceptarlo traía consecuencias. Pasaron los años, pasaron los presidentes de facto, algunas veces nos llegaban noticias de bandas de afuera que parecía que eran buenas pero que, por supuesto, nunca escucharíamos. Se deslizó con fuerza, me acuerdo, que la Dama de Hierro británica era una especie de heroína en su país. Nunca lo entendimos, si habían perdido.

Todos nos fuimos quedando sin amigos, así que más o menos dejábamos de hablar por cariño, por afecto al otro, por verlo vivo, nomás. Se me asignó, a los dieciocho, un trabajo temporario, tal la denominación que Massera Hijo le dio a los primeros trabajos: llevo veintiséis años acomodando cajas pesadas. Veintiséis años sin saber qué tienen dentro, siquiera. A veces alguien cuenta algo y no desaparece. A veces sí. A mí nadie me lo dice muy a la cara porque el cartel de “temporario” en el pecho me da cierta invisibilidad. Los vecinos decían temporario cada dos por tres, me contaban mis viejos. Que los militares estarán un rato, que Malvinas será olvidada. Ambas cosas, ahora, siguen en mi día, tal es así que hace un tiempo entró un tipo con mis jefes. Lo vi con una corbata británica, y sé que les dio órdenes a mis jefes, pero como soy temporario, nadie me dijo nada.

Hoy escribo esto por lo siguiente: me informan que voy a cobrar un sueldo. Que no trabajaré más por las cajas de comida. Que con ese sueldo puedo comprar cosas y pagar por vivir en casas que no son mi casa, cuestión que no termino de comprender. Y que, en unos días, justo cuando empiece el mundial, liberarán los vuelos a Malvinas porque, parece, está preparada, sin minas antipersonales. Lo dijo un hombre por la tele del trabajo. Un hombre que no era militar. Y a la palabra vuelos le dio un tono que confirmé cuando, también, agregó: “Encontrarán algunas sorpresas”. Y la idea de sorpresa, dicen, en otros lugares tiene connotaciones positivas.

Entonces un compañero de la fábrica, uno que no es temporal, dice “Falklands” y me asusto. Dice Falklands y no entiendo. Y entonces otro, tampoco temporal, dice que dicen las islas. Falklands. No Malvinas. Y mi madre, al oído de mi memoria, me recuerda: “¿Viste que en realidad perdimos?”.

Pero yo quiero saber, solamente, si alguna vez vamos a poder conocer a los combatientes, vivos o caídos.

Paisaje después de la victoria

Carlos Gamerro. Este texto forma parte de la excepcional novela “Las Islas”, que en noviembre cumple 20 años de su publicación.

Los gurkhas eran el as en la manga del enemigo, y después de su derrota su suerte está echada: pero enloquecidos por la inconcebible derrota de los hombres y las armas de la NATO a manos de un ejército de aborígenes con lanzas intentan un último contraataque, y es así que un grupo de oficiales ordena a las últimas, exhaustas y desmoralizadas tropas un ataque suicida a Sapper Hill; los pocos sobrevivientes del Comando 45 y los Guardias Galeses caminan como zombies hasta las bocas de fuego de nuestra infantería de marina, y si unos pocos se salvan es porque a eso de la una de la tarde del día 14 de junio de 1982 el alto mando inglés, comprendiendo finalmente lo imposible y desesperado de su posición, hace ondear banderas blancas sobre San Carlos, Goose Green y Kent; y a las 21.00 hs del mismo día el general de división Jeremy Moore se rinde incondicionalmente (esta vez, sin tachaduras) ante el comandante en jefe de las fuerzas argentinas.

Las naves argentinas cargadas con los soldados victoriosos entran a los puertos del sur haciendo sonar sus sirenas, y qué delirio el de la población que va a recibirlos y llevarlos por las calles en andas. Las jovencitas arrojan flores a sus pies y les depositan subrepticios papelitos con números de teléfono en las palmas de las manos; las madres alzan a sus hijos para que los vean pasar y les llenan los brazos de alimentos; los padres de familia abren botellas de vino y brindan con ellos en medio de la calle. Avanzan en una nube de banderas y cintas celestes y blancas y papelitos de colores que llueven del cielo como si en sus tribunas también celebraran. Un puente aéreo sin precedentes se organiza para llevarlos lo antes posible a sus casas; a las pocas horas de tirar el último tiro ya están comiendo ravioles o asado, besando a la novia, jugando con el perro, y cada barrio se convierte en un centro de festejos que duran hasta el amanecer: pueden reconocerse las casas de los ex combatientes por las colas de vecinos que, ansiosos por felicitarlos, parten de sus puertas abiertas de par en par y dan vuelta la manzana. Se fletan charters especiales para llevar a los familiares de aquellos que tienen el privilegio de permanecer en las Islas cuidando ese nuevo rincón de la patria, para que de su mano sus padres, abuelos o hermanos puedan conocer esas tierras y esos cielos por los cuales habían estado dispuestos a separarse para siempre. Y pasean, hasta altas horas de la noche a pesar del frío, en grupos de dos, de tres, de seis o siete, algunos con sus hijos en brazos, señalándoles cosas que nunca olvidarán: “Ese boquete lo hizo un misil inglés, esta es la casa del gobernador, lugar de los primeros combates; por esta avenida llevamos a los prisioneros enemigos al puerto. Este es un kelper, el señor Jones; no se asusten, ahora es argentino como nosotros. Guárdenlos para después de la cena, y denle las gracias al señor Jones”.

Decidí cerrar el videogame con una imagen de Puerto Argentino tal como se la vería hoy, a diez años de la victoria. Lo hice escaneando fotos de Ushuaia, la ciudad argentina más parecida que encontré, y combinándolas con el paisaje de la bahía y los montes que rodean la capital de las Islas, convertida así en ciudad de edificios altos, canillitas voceando Clarín, Nación, Gaceta de Malvinas; gente comprando Particulares o Chocolinas en los quioscos, almorzando bife a caballo con fritas o ñoquis o milanesa napolitana, tomando a la tardecita Quilmes cristal en las pizzerías; disquerías de las que sale la voz de Sandro o Charly García, bares donde se comenta, los lunes a la mañana, tomando café con leche y medialunas, Racing-San Lorenzo o las posibilidades del equipo local de subir a primera; niños de delantal blanco yendo a la escuela, escolares del continente en viaje de egresados comprando chocolate regional mientras esperan el micro que los lleva a esquiar a Longdon, y a la noche a bailar a Moody Brook; colectivos parando en las esquinas y madres hablando de Mirtha Legrand en la peluquería. Era media mañana, y los ruidos de la ciudad que había creído venían de las calles de Puerto Argentino entraban en realidad a través de las ventanas de mi casa. Lo hicimos, pensé, cerrando los ojos mientras el disco ronroneaba grabando la versión definitiva del juego. Ganamos.

Fuente: Clarin

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