Polemica con Varga Llosa

Polemica con Varga Llosa

El sistema de la literatura –y del arte, de manera más general- tiene que cambiar porque la mayoría de los lectores son hoy lectoras y también son mayoría, o casi, quienes la escriben. Es esta una constatación estadística y sin brillo crítico. Mario Vargas Llosa no ha afirmado literalmente que el feminismo, con sus imperativos no tan nuevos, perjudique a la literatura, pero ha asumido con énfasis el papel de guardián de un canon que históricamente funcionó a la manera de un coto masculino, basado en la exclusión de género. El escritor atribuye al feminismo un supuesto malestar que empañaría la comunicación entre los autores y su audiencia. Y esto es verdad; el malestar es profundo y particularmente amargo cuando lo niega un autor tan central a la tradición latinoamericana. Es una crítica generalizada e irrefutable que los escritores del boom no ayudaron a promover a contemporáneas tan excepcionales como las mexicanas Rosario Castellanos y Elena Garro (a esta última, inventora del realismo mágico con su novela Los recuerdos del porvenir, menos por su penosa actuación en la matanza de Tlatelolco, en 1968, que por sus disputas matrimoniales con Octavio Paz, un auténtico caudillo literario). Tampoco proyectó a las brasileras Clarice Lispector y Nélida Piñón y, entre nosotros, a Sara Gallardo y Silvina Ocampo, contemporáneas de Cortázar.

Maximalista en sus pesimismos, el premio Nobel suele fundamentar sus razonamientos en el ejemplo más apocalíptico a mano y al citar las posiciones fundamentalistas, busca desbancar de un plumazo un reclamo que lleva siglos. ¿Cuántas son las feministas que proponen el destierro de Pablo Neruda fuera del Parnaso literario, las suficientes para amenazarlo siquiera? Toda la vida hemos sabido apreciar las obras de Celine y de Ezra Pound aún conociendo su filiación política con el nazismo. ¿Pero por qué motivo, más allá de la inercia de la simulación glorificante, deberíamos privarnos de consignar al pie de la obra poética de Neruda ese asterisco biográfico del chileno, el detalle del abandono de persona que hizo de su hija minusválida y de su ex esposa? Vivimos un presente en el que nada es realmente privado.

Pese a todos los bustos y estatuas, a pesar del peso aplastante de la tradición y las instituciones, el canon está escrito en mármol pero no en hierro: ¿alguien podía imaginar un Hamlet negro hace dos décadas, o un Nobel de literatura que no se editara en libros? El canon se transforma, muta, sufre presiones por la inclusión, se adapta a los gustos y a la filosofía de los tiempos. El propio Vargas Llosa no saludaba el genio de Blanca Varela en su juventud, cuando el boom latinoamericano conquistaba la literatura del mundo entero. Y sin embargo, sí lo hizo con generosidad hace unos años, a la muerte de la gran poeta peruana. En otras palabras, su canon también se ha abierto.

Si decíamos que el sistema del arte tiene que cambiar es porque el mundo ya cambió hace tiempo. A menos que Vargas Llosa crea honradamente en el fin de la historia, él sabe que las lecturas, los mecanismos de consagración y los panteones no están exentos de fluctuaciones históricas. Cervantes fue olvidado durante siglos, hasta que fue “rehabilitado” por la admiración del modesto irlandés Laurence Sterne en su novela Tristam Shandy. El canon debe adaptarse para sobrevivir y seguir interpelando a las generaciones siguientes. Ni siquiera los genios están blindados contra la corrosión del tiempo, que funciona mediante vectores inesperados, fuera de todo cálculo.

Nos consta que Vargas Llosa lo ha leído (y visto) todo, por eso uno esperaría en él una curiosidad más viva por el presente. A él le consta que lo que ha corroído la literatura no son las fuerzas uniformadoras del feminismo, ni de la crítica académica feminista –esa que obsesionaba al crítico Harold Bloom hasta la caricatura-, sino la superproducción y edición supernumeraria, la inflación de la mala literatura a través de las redes sociales, las competencias declinantes en los públicos. Es el mercado, entonces, para bien y para mal: la libertad nada tiene que ver con esto.

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